Retroevolucionar

Es cierto que la evolución es una de las constantes más importantes en nuestras vidas; es cierto que conforme los tiempos pasan, las personas y las sociedades vamos cambiando y haciendo ajustes que nos permiten ir transitando por nuestras vidas de mejor forma.
Eso queremos pensar. Yo no lo tengo tan claro. Hemos cambiado cosas a lo largo de los años que nos beneficiaban, y las hemos sustituido por otras que no. Hemos ido dejando en el olvido de las generaciones algunas prácticas que hoy día hacen mucha falta; a veces temo abrir un diccionario y darme cuenta si lo hojeo que palabras como cortesía y honor, también hayan desaparecido de ahí. Las hemos dejado en el olvido.
Y es triste; la cortesía es como una llave que abre la puerta de los corazones de las personas, uno la usa y siempre tiene de regreso una sonrisa, un gracias, una mirada limpia y honesta; el honor es un sello de garantía, es decir, lo que se dice que pasará, siempre pasa; se cumple sin intermediación de firmas, abogados, tribunales o minutas de acuerdos. Sólo se cumple y ya. Cuando uno entrega honor, lo que se tiene de regreso es confianza, otra tradición olvidada.
Yo no nací en un mundo en donde la confianza fuera el centro de gravedad, al contrario, el mundo en el que vivo desde mi nacimiento es uno que basa sus reglas, sus procesos, sus trámites, sus relaciones en la desconfianza, para ello tenemos firmas, identificaciones, contratos, sellos, contraseñas, códigos y técnicas de criptografía.
Evolucionamos de un mundo cortés a uno descortés, en la casa, en la escuela, en las calles, en las oficinas; evolucionamos de un mundo con honor y palabra, a uno de papeles y triquiñuelas legales y legaloides donde la estafa y la transa no son la excepción, sino la regla. Evolucionamos de un mundo de confianza, a uno de recelos y suspicacia (algunos lo llaman sospechosismo haciendo gala de que han perdido su diccionario); de intriga y mentiras.
Sí, hemos evolucionado mirando adelante y haciendo ajustes, pero no todos han sido buenos, por eso yo ya quiero retroevolucionar (concepto extraño y paradójico pero válido), quiero traer a mi presente lo magnífico del pasado. No es caminar pa’trás, ni es nostalgia, es hacernos mejores como personas y como sociedad incorporando lo que teníamos y hemos perdido.

Quiero que me dejen ser niño

Ser adulto no tiene ni la más mínima dificultad; lo revestimos de seriedad haciendo como que es lo más complicado de nuestra vida y hablamos de responsabilidades y del trabajo y del estrés y de un montón de cosas que no tienen importancia en realidad. Después de todo el mundo está hecho y diseñado por y para los adultos. Ser niño sí que es difícil, te enfrentas a un mundo que ni es tuyo, ni es cómo quieres ni cómo lo necesitas. Desde que te sientas a la mesa empiezan los problemas, no alcanzas, ni el suelo ni la mesa; quedas en ese espacio que te hace ver y sentir fuera de lugar y de proporción, los utensilios de la mesa te quedan grandes, la comida sabe a rayos, y, para colmo de males, sólo están permitidos juegos de adultos mientras comes (o sea, sólo se vale estar estirado, cuidadoso y charlando de temas infinitamente aburridos); vas a la escuela de la misma manera que de adulto irás a la oficina, es decir, el aula es la réplica de tu trabajo, no es cierto que eres estudiante, eres un trabajador en entrenamiento, un verdadero profesional del aprendizaje; tienes que ir bañadito, en horarios fijos y con agendas ya establecidas por alguien más; tienes que entregar trabajos en tiempo y forma; o sea, como un trabajo cualquiera.
Y, mientras tanto, tu niñez se va al carajo mientras tu vida, la que de verdad quieres, tienes y necesitas vivir, pasa en una dimensión desconocida e inalcanzable para ti; para entender el vuelo de las aves te meten la nariz en un libro en vez de permitirte correr tras los pájaros en el parque; para entender como las flores huelen, y como el viento sopla, te cuentan cuentos y te hacen descifrar fábulas fantásticas en letras de molde, cuando tú lo que quieres es ir a robarle una flor a tu vecina y despeinarte con el viento mientras corres amarrado a una cometa en el cielo.
Ser niño sí que es difícil, desde el instante mismo que naces, el mundo conspira para que se te pase rápido y madures bien; ser niño es enfrentarte a preguntas complicadísimas que no tienen solución, como por ejemplo, ¿cómo es eso que las luciérnagas no pueden iluminar tu casa por las noches? ¿y cómo que no es posible brincar en las camas antes de dormir? Tienes que aprender a esconder tus risas, tus travesuras, a disfrazar tu inocencia y a mitigar tu curiosidad; a tus incontables preguntas sobre la inmortalidad del cangrejo obtienes uno que otro “Mmmmm… pregúntale a tu maestra”, y luego, ya en el aula el clásico “eso (no) viene en el libro”, dependiendo si tiene ganas o no de ver el tema contigo. 
Tienes que aprender que las niñas y los niños no juegan juntos, que el fulanito no es buena compañía porque su mamá…porque su papá… Y tú no entiendes. Aprendes pronto que la vestimenta te identifica con su forma, sus telas y sus colores, y tú no entiendes cómo es que eso te hace ser lo que tú sabes que eres, o no. Te cortan el pelo, te peinan y te piden que hables como los adultos quieren, porque te protegen, te dicen, pero tú sabes que también te deforman, te cambian, te moldean para ser como ellos, una pequeñita versión de sus sueños y compromisos, de sus filias y sus fobias. No eres tú de forma completa porque tienes que ser un o una mini-ellos.
Por eso no entiendes por qué no es posible tomar de la mano a tu amigo cuando llora y darle un beso para sanar su herida; no entiendes por qué no puedes jugar en la escuela ni en el recreo, ni tampoco por qué tienes que mentir cuando no vas a una fiesta dando razones que no son, o ir a casa de tu tía que te hace jugar con su perro en vez de ir a visitar a tus amigos y amigas y jugar con ellos.
En realidad no entiendes por qué no te dejan ser niño, por qué está prohibido hacer travesuras y experimentar y romper los pantalones de las rodillas, y comer tierra y beber agua directo de la manguera; en tu cabeza no cabe la ecuación del abuso, ni la discriminación, ni los colores de la raza ni del partido; tus ojos no miran la pobreza, ni el auto del vecino; lo que tu ves de niño es apenas una sonrisa, una mano, un amigo con quien jugar.
Por eso cuando adultos no queremos ser otra cosa que no sea niños, porque cuando niños nadie nos dejó serlo. Cuando yo sea chiquito otra vez, sólo quiero que me dejen ser niño.
Enjoy

¿Por dónde empezamos?

Así pregunté una vez yo, y algunos respondieron. Todos acertados puesto que la pregunta no planteaba el para qué o el qué, ni siquiera el cuándo o el quiénes, mucho menos el por qué. Sólo el por dónde.
Y así cualquier respuesta es válida.

En realidad mi pregunta completa era ¿Por dónde empezamos a ser niños otra vez? El mundo adulto necesita una regresión, una en donde al ponerle “play” de nuevo nos traigamos con nosotros esa dosis de curiosidad que dejamos olvidada, una en donde dejemos los filtros olvidados, esos que nos hacen ver el color de la piel y las tallas de las personas; una regresión que nos permita recuperar no la inocencia, pero sí la necesaria ingenuidad para mirar a otro con los ojos de la esperanza y el deseo de ser juntos un nosotros que nos permita jugar y disfrutar, y crecer.

Sí, dejamos olvidadas un montón de cosas útiles en nuestra niñez, y yo las quiero de regreso; por ejemplo, la mágica cura de un abrazo, o la maravillosa sensación de saludar a un extraño e interactuar con él como si fuéramos amigos de toda la vida; o ese descaro de preguntar siempre lo que uno quiere saber, o la brutal certeza de que decir siempre la verdad es bueno.

No puedo encontrar una sola razón, que sea de verdad válida y poderosa, para haber dejado todo eso allá, en ese pasado nebuloso que llamamos los adultos niñez. No puedo encontrar en este mundo que hemos construido esa poderosa razón que nos hace mentir porque es mejor, que nos hace guardar preguntas porque así no lastimamos u ofendemos a nadie; esa poderosa razón que nos hace mirar creencias religiosas, o preferencias políticas o sitios de trabajo, o marcas, o nacionalidades, o colores de piel, o tallas de ropa en vez de sólo humanos, personas; esa poderosa razón que hace eso necesario, yo no la encuentro, no la veo poderosa, no la veo ni siquiera necesaria.

Tampoco los niños.

Así pues, ¿ que si por dónde empezamos a ser niños otra vez? Pues va a resultar que no se puede, pero lo que sí se puede, es asegurar que nuestros niños lleven a su vida adulta lo que sí vale, lo que sí ayudaría a componer este desgarriate de sociedad que hemos construido. Una sonrisa plena, un abrazo que cura, una verdad dicha, una retahíla de preguntas, y más preguntas, muchas, muchas preguntas. Ahh…y no olvidemos la imaginación, y la dicha de ver salir el sol, de reír con un desconocido, de tomar la mano del necesitado, de llorar por la tristeza de otros; la necesidad de un apapacho, el reto de subir un escalón, la sensación de estar completo cuando miras a tu hermano… y la risa, y el juego, y la necesidad imperiosa de romper fronteras, y la curiosidad que nunca mató al gato, y esa creativa manera de pintar paredes y combinar la ropa; sí, todo eso es necesario en nuestro mundo de adultos, ya estuvo bueno de tonterías.

Cuando yo sea niño otra vez, nunca voy a querer ser adulto.

Enjoy