Don Quique me llamó tiempo después a su  casa, era una noche plácida y tranquila, y , como siempre, acudí gustoso pero intrigado, cada vez que me llamaba a su casa era para discutir algún tema relacionado con alguien del pueblo, él le daba muchas vueltas al asunto porque no quería traicionar el secreto de confesión, pero de alguna forma me iba dando pistas , me ponía un pedacito aquí y otro por allá para que yo me diera cuenta de que alguien necesitaba mi ayuda, y así habíamos logrado algunas cosas juntos. A él le contaban cosas que a mi no, y cuando él me hacía descubrirlas yo podía hacer mejor mi trabajo y ayudarlos.

Esa noche lo adiviné a la primera, era la María quien había provocado la cita. Aún no había dicho nada, pero el rosario en su mano, el nerviosismo que mostraba y la seriedad de su gesto solo decían María, así es que le pregunté a secas por ella.

-¿ Es la María?

Me dijo que sí, – pero no es lo que tú piensas. Yo fui antes que todos a buscarla esa noche. No lo conté a nadie, pero yo fui a verla porque sabía lo que había sucedido. No lo entenderías porque eres un hombre incrédulo y no ves lo que yo veo, por eso no te dije tampoco nada a ti…

– Fui a verla y la encontré sentada afuera de su casa, sin querer entrar en ella, los animales estaban frenéticos en el corral, a parecer ella los había metido a todos ahí. Yo solo le veía las espaldas y la verdad me daba miedo acercarme, no sabía lo que tenía en sus manos porque no podía ver, me acordaba muy bien del rifle que nos dijo, y tú la viste, no estaba bien de la cabeza; me dio miedo acercarme, así es que le hablé desde unos pasos atrás. La llamé, le dije que encontraríamos al Juan, que todo estaría bien, que rezara conmigo, que a eso había ido. Pero no dijo nada, estaba quieta, sin moverse; y fue entonces cuando me di cuenta, no estaba quieta, estaba tiesa, tensa, erguida derechita a pesar de estar sentada desde hacía rato. Y seguía sin ver sus manos, pero confié en Dios y me acerqué rodeándola un poco, y lo que vi… lo que vi…

Don Quique calló. Yo lo veía sin quererlo interrumpir, pero con enorme curiosidad, quería saber lo que había visto, pero no quería presionarlo, sabía que encontraría la forma de poner en palabras sus imágenes, solo debía tener paciencia, yo había entendido que estaba ahí únicamente para escuchar, para eso me había llamado Don Quique.

– … su cara… su cara no era su cara, se parecía al Juan, pero no era tampoco el Juan, en los ojos se veía algo diabólico, un brillo que también era opaco, de un color café que me quemaba, podía sentir el fuego consumiéndose en su interior, como queriendo hacer explosión. No era la María. Y lo supe. Lo supe… Y me fui de ahí sin decir nada… no dije nada… tuve miedo, mucho miedo de estar donde estaba el diablo… la María tenía razón, el diablo los visitó ese día, y yo lo vi…pero me fui… la abandoné ahí, no tuve fuerzas para luchar por ella y traerla de vuelta, sus ojos fueron los suyos un último instante y pude ver cómo me rogaba que la ayudara, pero no pude… me fui… la dejé sola… sola con él…

Cuando dejé a Don Quique no sabía que al día siguiente estaría de nuevo ahí confirmando su muerte. Se había ido confesándose con el único que no creía en la absolución.