Algunos años después, en un café donde coincidimos estaba en una esquina un viejo piano, se veía que nadie lo había tocado desde hacía mucho tiempo, y recordamos esa noche, él tenía otra historia, esa noche, me contó, había caído en cuenta que era el cumpleaños de su madre, y recordó que su único deseo sin cumplir había sido el de tocar el piano, y quise mandarle unas notas a donde quiera que estuviera, la verdad es que yo estaba triste y por eso aquella primer canción era así, ¿la recuerdas?, una de Serrat que duele, pero que también dice como las madres aman; no recuerdo muy bien qué más toqué, y apenas me pongo a pensar en el ambiente que se creó, no fue mi intención, yo solo quería darle salida a toda aquella tristeza que me atenazaba el alma, recuerdo que sonreía y aplaudía con ustedes, pero todo era un disfraz, una obra de teatro muy bien montada. Cuando todos nos fuimos del bar, yo llegué a casa y me senté frente al piano que ella me había comprado cuando apenas era un niño, me dijo que como ella no podría tocar nunca, yo lo haría por ella, y quiso durante mucho tiempo que yo aprendiera, hasta que se dio por vencida, imagínate lo que es que tu propia madre se dé por vencida contigo; yo nunca toqué de verdad, hasta que murió.

Y esa noche quise tocarle, tocarle todo lo que no toqué y me quedé hasta que el sol me dijo que ya no escuchaba, que no había escuchado una sola nota, que ya no estaba. Así es cuando alguien muere, te dejan aquí viviendo todo lo que no viviste con ellos, te dejan vivo para que te arrepientas de todo lo que no hiciste, de lo que no dijiste y de todos los abrazos y besos que nunca diste. Esa es la muerte, es para los vivos porque los muertos nomás se van y nunca vuelven.