No era como yo lo había imaginado las otras veces, no hubo ninguna luz, ni ruido, ni nadie ni nada que indicara que yo había cruzado el límite. Yo solo sentía que ya no sentía ningún vacío ni ningún dolor, al contrario, me sentía lleno y lúcido como nunca, ¡podía escuchar absolutamente todo! ¿cuándo iba yo a imaginar que podría escuchar el rebote de la luz sobre cualquier objeto? ¡y la luz, dios mío, esa luz que brillaba espectacularmente sobre mi piel! Disfruté la habitación como nunca lo había hecho, aspiré todos sus aromas y me trasladé a la cocina, bastó con que pensara en ir para que tuviera ante mi la pequeña mesa que servía como desayunador, escritorio, confesionario y mesa de jugar; en esa mesa había yo transitado de bebé a niño y de niño a púber y ya no.

Me pegó de golpe ese ya no; sí, ya no transitaría a nada más. Y con el golpe llegó la primer hendidura en mi completitud y por ahí se me escapó el primer rayo de mi nueva luz. Y pensé en mi madre y la vi aún dormida en su cama, ahí frente a mi estaba mi primer pedazo de vida, quizá soñaba con ser de nuevo mi regazo o mi alimento o mi cómplice; y su sueño se coló rápido por la fisura y le abrió otro frente, y por ahí se escapó otro rayo de mi nueva luz. Y pensé en sus propias fisuras y quise llenarlas y colmarlas de luz como la mía, y cuando la tomé en mis brazos pude sentir sus latidos en forma de un calmo susurro que solo marcaba el ritmo inconsciente de la vida, y la ausencia de mi propio ritmo ensanchó aquella fisura y por ahí se me escapó otro rayo de mi nueva luz.

Y aquello que estaba lleno se iba vaciando poquito a poco, y el río de luz corría presto hacia la habitación suicida y lo entendí también de golpe, los vacíos de allá llenaban los huecos de aquí, y los vacíos de aquí iban llenando los huecos de allá, y sentí de nuevo el golpe, pero esta vez el tum-tum de mi corazón sacudió mis venas y una bocanada de aire vino a ponerme el sabor de la vida en mis labios. Frente a mi la cara de una enfermera sin nombre me indicó que ahora mis vacíos y mis llenos no eran otra cosa que la vida que pasaba de un lugar a otro; al fondo, allá en el pasillo frío pude sintonizar mi ritmo con el de mi madre que lloraba aliviada mi regreso, y ahora supe que nunca más estaría triste otra vez…