No soy de los que se levantan temprano siempre, y ese día no fue la excepción, la verdad yo no tenía por qué levantarme temprano, ni tan siquiera por el viaje, si a ese tramo de apenas cien kilómetros se le podía considerar viaje, un día en la ciudad conducía esos mismos kilómetros o más, y nadie pensaba que era algo extraordinario como para llamarlo viaje; para mí, los viajes son aquellos en los que cambias de aire, es cambiar de paisaje, sabores y aromas, viajar no es únicamente conducir cien kilómetros al siguiente municipio, aunque lleves maleta, cien kilómetros es como ir a dormir a la casa del amigo o algo así. En fin.

Me desayuné tranquilo, un café para empezar, unos huevos rancheros bien enchilosos con unos frijolitos; la naranja la guardé para el trayecto, y eché un Snikers por si me daba más hambre al rato, y, claro, más café en el termo que siempre usaba en esas ocasiones. Acomodé todo junto a mi mochila, me aseguré de que no faltara ningún papel porque, si bien cien kilómetros no son nada, tampoco son para hacer conducir dioquis y gastar gasolina nomás porque sí. Metí todo al auto, en el asiento del copiloto, el termo lo puse en el compartimiento especial justo en el medio, un poco arriba de la palanca de los cambios. Y me fui a despedir.

Repartí besos a mis hijos, le di unas cuantas indicaciones a mi mujer y recibí de ella todas las recomendaciones habidas y por haber, que no le pisara, que tuviera mucho cuidado con los baches, que recordara que por esa carretera hay mucho tráfico, que si ya había revisado el aceite del motor, el agua del radiador, el aire de las llantas, que si llevaba los lentes de sol, y los papeles; sí, todo eso en un santiamén mientras yo la abrazaba dándole un beso bien tronado y riéndome de su preocupación, que no te preocupes le dije, es rápido y todo lo tengo bajo control, ya revisé todo, sí llevo los papeles, no seas tontita, estaré de regreso antes de que te des cuenta y comeremos juntos con los niños, a lo mejor yo paso por ellos a la escuela; sí, sí te aviso cuando llegue, también cuando salga de allá. No, no les traeré dulces a los niños, pero a ti sí. Toda una conversación de despedida, ella como si no la fuera a volver a ver nunca, y yo como si no me fuera a ir.

Salí de la ciudad y me enfilé a comerme esos cien kilómetros, puse la radio, me ajusté los lentes y todo normal. Hasta que llegué al kilómetro 89.