Lo de la muerte civil era en serio; una vez había sido yo el ejecutado, mi crimen fue haber puesto los periódicos demasiado cerca del fuego, y el resultado fue catastrófico, apenas fue una chispa que prendió uno de ellos y con el viento ligero que hacía las llamas se multiplicaros en un abrir y cerrar de ojos; además, todos estábamos atentos al corte de los carrizos, ese día Pepe había llevado su navaja nueva y también la estaba presumiendo, Fabián era quien estaba dándole al engrudo y su grito nos espabiló a todos, ¡los periódicooooosssss, los periódicooooooooooooooooooossss!

Pegamos un salto y nos abalanzamos sobre ellos tratando de apagar el fuego, pero ya era demasiado tarde, casi todos ellos fueron víctimas de las llamas, unos más que otros, pero casi todos habían quedado dañados en alguna de sus partes. Unos los pisábamos, otros los tomaban con las manos y los agitaban pensando así apagarlos sin caer en cuenta que solo avivaban las llamas, otros, como Pepe, un poco más abusados, estaban echando tierra sobre ellos, asfixiando así el pequeño incendio. Los gritos se sucedían unos a otros, ¡No, menso, así no! ¡Quítate, lo vas a prender más! ¡No lo agites! ¡Hazte a un lado! ¡Chingada madre, chiiiiingadaaaaa maaaaaadreeeeeee!

Y cuando todo quedó apagado, vino el silencio atónito de todos, menos de Pepe, él estaba mirándonos a cada uno de nosotros, uno a uno, con los ojos inyectados de coraje, se le veía a leguas que alguien iba a pagar caro la quemazón. Nos fue mirando uno por uno hasta que lo hizo con todos, agarró aire y preguntó, ¡Quién fue? ¿quién fue el baboso que puso los periódicos ahí!

Y nadie respondía, todos nos mirábamos unos a otros como preguntándonos si lo diríamos, si señalaríamos al culpable, pero no nos animábamos. Menos yo. Yo estaba muriendo de miedo y de vergüenza, había sido yo el baboso ese que había dejado los papeles cerca del fuego, pero no lo diría, no confesaría a menos que uno de los otros me señalara, entonces sí confesaría y pediría perdón, pero no antes, aún había esperanza de que se le bajara el coraje a Pepe.

Vamos por otros periódicos, dijo alguien, no sé quién fue, pero me volvió el alma al cuerpo y lo secundé, sí, vamos por más, al cabo que aún es temprano, y di un paso adelante, y otro, y ese fue mi error. Pude sentir a mis espaldas cómo me señalaron un par de dedos indicándole a Pepe que había sido yo, y sentí como su mano me atenazaba el brazo mientras me gritaba ¡a dónde crees que vas! ¡Fuiste tú, verdad? Sí, sí fuiste tú, ¿cómo se te ocurrió que ahí van los periódicos? ¡Baboso!

Mientras eso decía, o algo así, que los años me han ido desdibujando un poco la memoria, yo iba pasando del optimismo que solo siente el culpable exonerado al más profundo pesimismo que solo siente el culpable sentenciado. Recuerdo muy bien que agaché la cabeza y así cabizbajo reconocí mi culpa y pedí perdón. No quise dar razones porque en realidad no había, los había puesto ahí sin pensarlo, y también sin dudarlo, así es que ahora tocaba asumir las consecuencias. Eso sí lo había aprendido bien en mi corta infancia, en aquel entonces quien la hacía la pagaba, pero también la disfrutaba, según fuera el caso.

Pepe ya no se dirigió a mí, solo le hablaba a los demás, ya saben cómo es la cosa, aquí el que la riega tiene que pagarla, y la pena es la muerte civil. Nadie, absolutamente nadie puede hablarle, nadie puede jugar con él, nadie puede acompañarlo, nadie, absolutamente nadie. Tiene muerte civil.

Y todos a lo suyo, yo ya estaba borrado, no me tocaban ni para hacerme a un lado si los estorbaba, simplemente cambiaban su rumbo, o esperaban a que me quitara yo mismo. No hice nada por cambiar la situación, hasta que caí en cuenta que no dijo cuánto, Pepe no dijo cuánto tiempo estaría yo muerto. Y eso podría ser un día o toda la vida, y entré en pánico. Y lo busqué con la mirada y lo forcé a verme a los ojos y entendió que esta vez había dolido lo suficiente, pero no perdonó, esta vez tampoco perdonó. Ahora serán dos semanas, les dijo, la muerte civil durará dos semanas.

Y fueron dos semanas, las dos semanas más largas y más amargas de mi infancia; me iba a la escuela solo, y regresaba solo. Salía al porche a mirarlos jugar desde lejos, y mi madre sufría conmigo, había preguntado y se había tenido que conformar con mi nada, no ha pasado nada. Un día la vi platicando con Mario y ellos me miraban de soslayo, supe que Mario le dijo, estoy seguro que le dijo porque entonces mi madre le dio un pescozón y lo reprendió, no se lo que le dijo, pero no surtió ni el más mínimo efecto, Mario aguantó estoico el regaño y se fue por donde había venido y no volvió a dirigirme la palabra hasta pasadas las dos semanas. Pepe era más mamá que las mamás de todos nosotros juntos cuando se trataba de muerte civil. Así es que sí, la muerte civil era un asunto serio entre nosotros.