Yo lo miraba furtivamente al pasar por la acera de enfrente, me intrigaba su historia y quise saber; ese día le seguí los tumbos que dio por la ciudad hasta el anochecer, hasta que dobló una última esquina. Lo seguí y justo ahí estaba sentado sobre el suelo con la espalda recargada en la pared y los brazos sobre las rodillas escondiendo su cara que lloraba; me lo topé de sopetón así es que no tuve más remedio que golpearlo sin querer, mis rodillas chocaron con las suyas y él solo murmuró algo que no entendí. Le pedí perdón y aunque quise seguir de largo, terminé sentado a su lado.

No nos dijimos nada durante buen rato. Sentíamos, eso sí, nuestra compañía y la agradecíamos, aunque de diferente manera. Hasta que yo hablé para romper la monotonía y le pregunté si había comido; yo sabía que no, pero él dijo que sí aunque tomó en sus manos callosas el pastelillo que le ofrecí al sacarlo de mi mochila. Es tuyo, le dije, puedes comerlo ahora si quieres, o después, como tú quieras.

Me miró con sus pozos profundos y espesos, y en vez de abrirlo, lo puso a un lado sobre el viejo cemento que nos servía de silla, y me dijo.

– Me seguiste. Te vi.

Me dio vergüenza, pero respondí apenas una disculpa y atropellé dos o tres excusas que sonaron falsas y vacías.

– No importa, no pasa nada. Muchos me siguen. Algunos me dan cosas y otros solo me golpean y me insultan. Pero no pasa nada. Ya estoy acostumbrado.

Fue el principio de nuestra conversación, entrecortada, es cierto, pero conversación al fin. Yo le di mi nombre y él me entregó silencio. En vez de ello, me dijo que con el loquero lo trataban bien, que lo ayudaban pero que no lo entendían. Le dije que el clima estaba tranquilo y agradable, y su respuesta fue que no le gustaba que lo tuvieran mucho tiempo encerrado.

– Me va a olvidar o pensará que me he ido.

Sí, le dije, pero hoy le dijiste adiós, te fuiste diciendo adiós. Y me miró perplejo si saber si se podía enojar y se contuvo. Sostuvo su mirada explorando mis ojos en busca de mis motivos y sonrió.

– No me cree, nunca me cree… y por eso regreso, para decirle que me iré para nunca más volver… por eso le digo adiós, para volver.



La niña mía está basada en una historia urbana de Hermosillo, Sonora; ¿la conoces? ¿sabes de quién se trata? ¿en tu ciudad hay alguna parecida? ¿te ha provocado algún recuerdo? Cuéntamelo todo, incluso si deseas escribir tu propio final al relato puedes hacerlo.

Imagina conmigo