Me quedé varios días en el pueblo preguntando por María, tratando de volver a verla o que alguien me contara la historia; nadie decía nada, nadie hablaba conmigo y solo me miraban largamente antes de preguntarme si quería comer o beber algo, hasta que una tarde, una pequeña me tomó de la mano y me llevó de nuevo a la Iglesia, yo ya había estado ahí muchas veces, esperando sentado en la misma banca que había compartido con María, esperándola para decirle que ya sabía que vendría y que la estaba esperando, pero mis visitas habían sido solo eso, visitas a la Iglesia sin que nadie más me acompañara. Quizás la desesperanza que mi cara reflejaba provocó la compasión de la niña y me jaló hasta el altar y me hizo mirar al suelo; ahí, escrito con letras labradas sobre el frío mármol se podía leer claramente una sola palabra:

“María”

Bajo ella una sencilla inscripción decía solamente

“1827-”

No había fecha de defunción. No había fecha de defunción.

Esa misma noche regresé a casa y solo entonces puse la grabación…nada, absolutamente nada, solo el sonido del ruido blanco que tienen todas las cintas en blanco. Bajé las fotografías a mi computadora y nada, ni una sola fotografía. Toda la supuesta evidencia que había recolectado había desaparecido, busqué frenético en mi mochila pensando que había tomado otra cinta y otra memoria, pero solo encontré el vacío. Estaba seguro de haber presionado los botones correctos, recordaba incluso cómo había verificado que todo estuviera funcionando, pero no había nada.

Ahí estaba yo viendo cómo el cursor en la pantalla de la computadora esperaba titilando paciente y rítmicamente que yo empezara a escribir la historia, con cada aparición y desaparición del cursor se me iba yendo la confianza, era como el pálpito de un monstruo devorador que se comía todo, y mi único soporte era que creía aún y cuando todo me indicara que nada de lo que vi había pasado. Mi corazón latía ahora al ritmo del cursor y ambos fueron poco a poco disminuyendo su cadencia hasta entrar en una especie de cámara lenta que me nublaba la vista y hacía que la imagen rectangular se fuera desfigurando hasta desaparecer con el último pálpito que pude rescatar.

Creí que me había quedado dormido, pero lo denso de la oscuridad me indicaba que algo más había pasado, yo sabía bien que ahora mi sueño era distinto, ahora lo sentía permanente y quise luchar por regresar a un estado de conciencia, pero me fue imposible hacerlo por mi mismo hasta que sentí una abrupta sacudida, casi eléctrica, que me trajo a la vida; cuando quise darme cuenta y abrir los ojos, solo pude escuchar la voz de mi madre que presionaba su vientre mientras decía mi nombre, “María, te vamos a llamar María …”