Y yo me quedé como siempre, rendido en posición horizontal, pero ahora con el sabor amargo de la muerte en mis labios, al fin había comprendido todo. Ahora entendía el por qué de tu tristeza, cuando lo supe, al momento de ver el reflejo en tus lentes, sentí un frío intenso y vacío, se hizo dueño de todas y cada una de mis células y se instaló para siempre en ellas; supe en ese mismo instante que ya nunca podría mirarte de la misma manera, ya nunca podría sentir ni tus labios, ni tus besos ni tu piel ni tu toda tú.

Con el frío llegó la desesperanza, esa que te deja solo la certeza de que nada de lo que deseas será cumplido, y quise llorar pero no pude; ya no había lágrimas en las cuencas de mis ojos, ya no había nada en ninguna parte mía, esa fue mi siguiente certeza mientras tú te ibas levantando y te despedías diciendo adiós; y con ese pensamiento de que yo había quedado en nada me fui diciendo adiós y te dejé ahí apenas mis recuerdos entrelazados a tu tristeza.