Consumismo dioquis por todos lados

Si algo nos ha mostrado la pandemia es que no estamos preparados para cosas verdaderamente grandes, que requieran de absolutamente toda nuestra capacidad humana; los problemas verdaderamente grandes están en el escenario del nosotros, y toda nuestra capacidad está enfocada en el yo, o en el nosotros inmediato, nuestro círculo pequeño, en el mejor de los casos. Puesto lo anterior en una pausa, también nos ha desnudado el consumismo exacerbado del cual no somos solo víctimas, sino también artífices.
Cada día que pasa, es un día que no consumimos algo que, de no estar guardados en casa, seguramente lo hubiéramos consumido sin pensarlo dos veces. Pequeñas y grandes cosas, tenemos ejemplos al por mayor de testimonios que nos hablan del descubrimiento de que se puede vivir de otra forma, no con esa tontería de la frugalidad que solo da hambre, sino de una cómoda y modesta abstención de lo superfluo, de lo innecesario. ¡Y hemos ahorrado! No solo dinero, sino también tiempo y esfuerzo. La cuarentena obligada no solo nos ha mostrado todo lo que nos hace falta, sino también todo lo que nos sobra, y si nos sobra, no tendríamos porque tenerlo ni adquirirlo.
No soy optimista en ese sentido, creo que la nueva normalidad, en términos de consumismo, tenderá a estabilizarse en los mismos niveles, de menos a más, ni la sociedad, ni el sistema económico, ni el egocentrismo yoyista que tenemos los humanos permitirá que eso cambie de forma definitiva, no se ha podido lograr en miles de años, no pasará en unos cuantos meses. Basta ver las filas interminables de personas en las tiendas en cuanto abren o en cuanto anuncian la existencia de tal o cual producto. Not going to happen.
Pero esa desnudada no ha sido solo en cuanto a productos y servicios, también nos ha mostrado todo lo que hay de innecesario en los espacios de trabajo, ¿alguien extraña el 100% de las reuniones de trabajo en la oficina? ¡Seguro también nos hemos dado cuenta de cuántas horas perdidas acumulamos sentados en reuniones superfluas! ¡Eso sin sumarle la cantidad enorme de tareas que no aportan absolutamente nada de valor, ni a nuestra empresa, ni a nuestro trabajo, ni a nosotros mismos! ¿Cuántas cosas has dejado de hacer en tu trabajo sin que pase nada catastrófico, sin que pierdas clientes, sin que eches a perder algo o dejes de ganar algo?¡Ah, verdad? La pandemia nos ha enseñado a identificar lo verdaderamente valioso y productivo de nuestra actividad laboral, si regresamos a la nueva normalidad con esta nueva filosofía de trabajo nos comeremos al mundo en un dos por tres. Aquí son menos pesimista, creo que los empresarios y profesionistas inteligentes, que hay muchísimos, están tomando nota y actuarán en consecuencia, habrá que estar atentos a cuántos de ellos lo logran. Esas jornadas laborales de 4 días, o menos, son verdaderamente posibles, las tenemos en nuestras narices y es tiempo de verlas. ¿Cuánto dinero se puede ahorrar una empresa con jornadas presenciales de Lu-Ju y virtuales el viernes? ¿Y presenciales de Lu-Mi, Ju virtuales y Vi-Dom finde largo para la familia, estudio, trabajo por cuenta propia, turismo, etcétera? 
Y lo mismo pasa en el sistema educativo escolar, los y las profesoras se han visto obligadas a enfocar sus esfuerzos de enseñanza aprendizaje a lo verdaderamente importante, han imaginado, diseñado, implementado, probado y ejecutado un sistema de enseñanza aprendizaje que casi todos llaman flexible, es decir, que tendrán la flexibilidad de no cubrir todos los contenidos a raja tabla, y, por lo tanto, tampoco evaluarlos; y, sin embargo, garantizar que las competencias necesarias para pasar de grado y/o materia sean alcanzadas. Eso quiere decir solo una cosa, que el sistema educativo escolar enseña y exige enseñar cosas que no son esenciales, cosas prescindibles, cosas que, al fin y al cabo, pueden ser omitidas y los estudiantes podrán transitar sin ellas al espacio laboral sin mayores problemas. ¡Cuánto tiempo, dinero y esfuerzo le dedicamos a estudiar/enseñar cosas que no sirven de nada? La pandemia nos lo está enseñando, otra cosa que tenemos frente a nuestras narices y que podríamos ver si quisiéramos. Y aquí vuelvo a ser pesimista, no conozco, ni imagino siquiera, a un gobierno que de verdad quiera hacer una reforma educativa de a deveras; veo, eso sí, algunos padres de familia que comprenden que sus hijos no tienen por qué aprender lo mismo que ellos. ¿Cuántas cosas valiosas podrían aprender/enseñar en las escuelas si en la nueva normalidad ya no están en los planes de estudio las cosas innecesarias que ya eliminamos durante la pandemia?
Vuelvo al tema en pausa, al inicial; en el escenario del nosotros están todos los problemas que nos frenan como sociedad, y es precisamente en ese ámbito donde están las soluciones, no en el yo, ni en el tú, ni en el ellos o ustedes; está en el nosotros, en ese universo en donde estamos incluidos todos, porque somos todos los que viviremos en esa nueva normalidad, esa en donde yo sueño que sea de menos consumismo dioquis de tantas cosas, y más de enfoque de esfuerzos, de tiempo y de dinero. Pero sé que más que sueños de humo son sueños guajiros, el consumismo alimenta el fuego más perenne  y poderoso del humano: su egocentrismo.

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